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Susana E. Buisson (Lakentsb)


lunes, 26 de octubre de 2009

Pablo. El ombú equivocado.



Algo andaba mal con Pablo desde el primer día en que vino al mundo. Es decir, desde que su pequeña raíz asomo la nariz en una ramita verde a la sombra de sus padres: dos orgullosos ombúes provenientes de una larga generación de gigantes.
Sí, algo andaba mal, porque a Pablo el mundo le pareció raro desde el primer instante, y porque apenas se estaba acostumbrando a verlo los trasladaron a todos. Tal vez ese primer traslado lo afectó más de  la cuenta, comenzando así su excesiva preocupación por las raíces, y queriendo siempre irse para volver, sin saber bien a dónde.
Pablo creció bastante tiempo a la sombra de sus padres, amante de las tardes de lluvia, del olor a tierra húmeda, y del viento…porque desde que el primer viento le mostró algo inesperado, no había otra cosa que disfrutara en su rutinaria vida como una tarde de viento.
Ése fue para todos fue el comienzo de una obsesión que lo atravesaría toda la vida, o mas bien el comienzo del fin de Pablo, el ombú equivocado.
Recién decía sus primeras palabras cuando lo atravesó el primer viento y le trajo olores lejanos, perfumes nuevos y un murmullo de cosas antes desconocidas para él se le metió por las hojas y las ramas hasta el fondo del alma, hasta la última raíz.
Sus ojos inmensos se llenaron de preguntas, el viento hizo que por primera vez quisiera estirarse por arriba de todos y asomara la nariz más allá.
Una tarde de otoño a la hora de la siesta, en ese intento de estirarse, las ramas de Pablo se doblaron de una forma nueva y pudo ver, ver arriba, ver el cielo, ver ese dibujo de pompones blancos que viajaban sobre su cabeza siempre revuelta de ramas asoleadas… -¿Qué estás haciendo Pablo? Nosotros los gigantes no miramos el cielo, hay que mirar para adelante nomás!-. Era chico, pero comprendió rápido…comprendió en ese momento que a veces es inútil explicar, si ni él podía explicar lo que sintió adentro viendo esas nubes viajeras. Si ni él pudo explicarse ese cosquilleo en los pies, esa inquietud nueva en las ramas…¿qué iba a andar contando?
Y así, Pablo se acostumbró al silencio, a escuchar. Conocía de memoria todas las voces del bosque cercano,  del que a veces solo asomaba oscuridad. Y Comenzó a escuchar los pájaros, que lo elegían por calmo y se contaban sus secretos en las ramas. Paso años escuchando, aprovechando las siestas de otoño, y los atardeceres de verano para asomarse y mirar para arriba mientras los otros dormían…un día los hombres vinieron y le llegó el traslado…el viaje largo le trajo olores conocidos de mucho tiempo…olores viejos sin imágenes, sin ruidos…esta vez lo llevaron a él solo. En algún momento del viaje se quedó dormido, perdido entre los ruidos del camino y sueños de tardes de otoño y cielos de nubes infinitas. Despertó de espaldas al atardecer, con un murmullo de agua que corría, y mientras despertaba recordó el viaje. Incrédulo se vio de repente en medio de un campo que en ese primer momento le pareció infinito…A unos metros cruzaba el agua constante de un arroyo y desaparecía allá lejos, en el horizonte. Un puente, un camino serpenteante…y para su sorpresa, a pocos metros delante de las raíces un barranco…
El corazón de Pablo saltó, quiso disimularlo en un temblor de árbol, en una sacudida de ramas, pero no había viento. Se quedó callado, embobado, con los ojos brillantes, que desde esa tarde se le empezaron a llenar de verde, de cielo y de infinito…era felíz.Ahora no había nadie que le dijera que estaba mal inclinarse hacia atrás para mirar el viaje de las nubes. Ahora nadie podía decirle que los ombúes no cantan, que si no hay viento no se mueven…y así, de a poco, a Pablo se le fueron apagando las preocupaciones excesivas por sus raíces…es que de pequeño, en ese primer viaje al ser arrancado, temió haber perdido algo… porque veces, cuando cerraba los ojos,  se sentía tan extrañamente liviano que miraba el suelo solo para constatar que sus raíces seguían ahí, o intentaba moverlas simplemente, para asegurarse de que seguían bien enterradas…aunque a veces se sentiera extraño, equivocado… y recordara con cierta puntada en el pecho las veces que escuchó a sus padres hablar de eso, de que había algo mal con él,  de que Pablo era raro, aunque por fuera no fuera diferente. Por eso pensaban que era lo mejor el día le llego el traslado a algún lugar solitario, ahí sus extrañezas no molestarían a nadie y claro, seria mejor que no tuviera a quien hacerle preguntas…
Pablo a veces no entendía esa forma de querer que tenían sus padres, pero aceptaba en silencio.
Ahora, de pie frente al acantilado, de a ratos podía jugar a que estaba viajando. Si miraba al frente apenas levantando la vista al horizonte, los días de viento, se sentía volar como esas nubes que lo habían embobado de chico, y se imaginaba lanzándose sobre el abismo y flotar sobre el campo…
Pablo estaba felíz ahora, los días se sucedían iguales, soleados, lluviosos, serenos. A veces el cielo celeste resaltaba tanto los verdes del campo que los ojos no le alcanzaban para grabarlo todo y soñar… porque Pablo en las noches largas de invierno soñaba: campos y campos soleados le pasaban por abajo a toda velocidad, como si el fuera un pájaro…pero no había sombras de pájaros en sus sueños, y el día que se dio cuenta de eso le pareció más extraño…
Al cabo de unos años empezó a llegar la gente, el camino se convirtió en ruta, y como a Pablo le gustaba escuchar, el día en que llegaron los primeros estudiantes se enteró de que ahora él era un lugar preferido…ya casi no estaba solo, siempre había alguien sentado en sus raíces, o en alguna de sus ramas fuertes. Siempre había alguien jugando al mismo juego que él, mirando el horizonte desde el borde del abismo soñando con volar…A eso podía leerlo, no es que la gente dijera lo que estaba haciendo, lo descubrió sin querer en los cuadernos de ella, una mujercita pequeña, que no venía muy seguido, pero que cuando venía, se sentaba en un hueco de sus raíces y traía los ojos brillantes de rabia o de tristeza. A veces solo contemplaba el horizonte en silencio, con las manos abrazando las rodillas, otras escribía en un cuaderno azul que Pablo leía de reojo.
Así supo que él no era el único que se sentía equivocado, preso a veces de las propias raíces, no entendido. Leyendo ese cuaderno de penas azules descubrió que él también tenía el alma infinita, que esa sensación extraña que a veces sentía de querer salir, salir y volver, o irse sin saber a donde, no era otra cosa que el alma, el alma infinita que le explotaba en todas partes.
Claro, Pablo se preguntaba cosas también, hasta donde había podido saber era el único de su generación de gigantes que tenia esas ideas, que se hacia esas preguntas.  Tal vez ni siquiera en todo el gran bosque vecino de su infancia habría habido otro árbol con sus mismas inquietudes…es que algo andaba mal en el desde el principio. Y por eso un día decidió simplemente callar, Y no era que se sintiera enfermo o débil, no le dolía nada absolutamente, ni siquiera era tristeza, solo que se sentía distinto.
Los años pasaron, tan rápidamente como pueden pasarle a un árbol y tan lentamente como van cambiando algunas cosas, hasta que un día, cuando lo notamos todo es distinto, y es tarde..…
Y fue tarde una tarde, cuando Pablo se dio cuenta de que la mujercita del cuaderno azul no volvió más, que había venido hacia tiempo un par de veces acompañada de un muchacho flaco, de ojos claros. Le habían parecido sin fondo en un intercambio silencioso de miradas que tuvieron. Pablo descubrió en ellos el mismo espacio infinito que sentía el por adentro, y ahí también supo que muchacho se iba a ir, tal vez con ella, porque de alma eran muy parecidos…pero era de esos que siempre se estaría yendo, porque su inquietud era inmensa…
Tal vez los dos se fueron…concluyó  Pablo mientras se preparaba para otro atardecer de juego, sin notar  aun cuanto había crecido el abismo que estaba frente a el,
Como pocas veces miraba hacia otro lado, no se había dado cuenta de que ahora el abismo lo rodeaba, y que pronto estaría demasiado cerca de todas sus raíces…
Sus raíces de adelante ya estaban colgando en el aire hacia un tiempo, pero a Pablo le gustaba, porque  cuando había viento la sensación era diferente, parecía que venia de abajo, como si el volara.
………….
La mujercita volvió…ya habían pasado los años…venia con  un niño de la mano y una caja. Se detuvo sorprendida al terminar de cruzar el puente, era tarde,  pronto seria la hora del atardecer. ..Se había quedado entretenida mirando el horizonte desde el puente, el arroyo, el campo con los mil tonos de verde que tantas veces había descrito en su cuaderno azul,  estaba explicándole todos esos detalles con los ojos iluminados al niño que se asomaba del puente agarrándose de su brazo. Ahora…al mirar hacia el atardecer sus ojos se encontraron con el vacío…no quedaba nada, no  había rastro de que ahí alguna vez viviera  un viejo ombú, tal vez medio derrumbado como se lo habia imaginado tantas veces durante esos años de distancia. El precipicio había crecido tanto!
Ella traía en la caja el viejo cuaderno azul, quería sentarse en esas raíces con su niño un rato, y leerle viejas historias al hijo de aquel hombre de ojos claros, que igual que Pablo había nacido con la sensación de que algo estaba equivocado, y como no tenia raíces siempre se estaba yendo…y un día, de tanto irse no volvió más…
La mujercita corrió hasta el hueco donde alguna vez estuvo Pablo y comprendió…no lo habían arrancado los hombres, fue el tiempo, fueron los cambios,  fue la misma gente sin querer la que fue liberando lo único que Pablo había tenido equivocado desde el día en que nació: sus raíces…
Y un amanecer  finalmente sucedió:…Pablo despertó como siempre que  había viento y el juego comenzó mas temprano… solo que ese día estaba más liviano que nunca… y cuando cerró los ojos y estiró las ramas y se lanzó imaginariamente sobre el abismo…su cuerpo de tronco lleno de nudos y raíces expuestas, cayó al fondo, pero él no lo notó…por fin era libre…por fin era completamente nube.

Susana Buisson. 2009

Foto: Héctor Gonzáles.
( Homenaje al Ombú del Puente Blanco de Lib. San Martín E. Ríos.)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno!!!
creo que conocí a Pablo -El -Ombú...
Exitos!!!

S-B dijo...

La fotografía realmente es de él, un tiempo antes de que se derrumbara literalmente en el barranco. =)

Anónimo dijo...

Hermosa, atrapante,encantadora, me emociono mucho. historias cruzadas, yo conoci a pablo. tmb volvi despues de mucho tiempo y no lo vi mas tristeza. lugar de hermosos recuerdos.

S-B dijo...

Gracias...Una humilde despedida a un Icono para todos los que alguna vez pasamos por sus raices...=)