Si estás acá es porque te elegí...


Este es un espacio personal donde convergen pensamientos y creaciones, un poco de lo que soy, de lo que pienso, de lo que he vivido, de como veo el mundo...

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Susana E. Buisson (Lakentsb)


sábado, 10 de octubre de 2009

Tormenta

La casa me recibe silenciosa, los pasillos oscuros, la habitación en penumbras.
La siesta empezó antes de mi llegada. Un plato solitario en la mesa aun espera que detenga mis pasos y almuerce. Para no romper esta remota costumbre de ser insensible, lleno mi vaso y de pie y en silencio devoro la comida,  sin siquiera tomarme un respiro para pensar en lo que pasó hoy. Sin recordar que recién, y por cuarta vez en el año que llevamos de habernos reencontrado, volví a dejarte. Intentando romper otra vez este lazo sin nombre, loco e imposible que nos une aun en la distancia.
Esta vez no hubo demasiados argumentos ni planteos rebuscados, fue sin bronca, casi me atrevería a decir sin dolor, como por costumbre o por mandato, que te dije de nuevo adiós.
Es agobiante el calor. Mis pies descalzos van por la casa de aquí para allá. Mi mente divaga lejos, no se en qué lugares, tal vez cerca de tu lugar… tratando de no derrumbarme, de no perder la certeza de mi última resolución.
Me rindo al silencio de la siesta y decido ir al cuarto, que ahora, por este corto tiempo, es mío.
Leo, hasta atragantarme de palabras para no pensar. Para no sentir la tormenta que gira en mi pecho, adentro, en el alma. Para no sentir la furia, la fuerza incontenible de mi locura por vos que persiste a pesar de todo.
Leo, intentando aplacar estas ganas de doblar el tiempo y recortarlo, de esconder todos estos años y quedar frente vos ese último día que estuvimos juntos, y gritarte lo que gritaba mi alma entonces y callé: ¡NO DEJES QUE ME VAYA!
Es inútil, no puedo. No hay forma. No tengo ese poder.
La calma de la siesta se transforma de repente, la tranquilidad de los árboles se interrumpe con mil ráfagas que ahora retuercen hasta la última rama. Parece que todo va a romperse, que ningún objeto resistirá esta furia sin quebrarse, sin salir de su lugar, sin arrancarse de raíz.
La casa en penumbras cruje por entero, se azotan puertas y ventanas, caen adornos, se llenan los pisos de hojas escapadas de los patios. Todo, absolutamente todo, esta revuelto, azotándose en un solo grito de furia intensa y refrescante.
Los pies agitados de la gente apresuran el paso cerrando postigos y persianas, rescatando de los patios infinidad de objetos olvidados.
La lluvia, fría, potente, enloquecida, lo envuelve todo de repente y enfurecida como el viento, se cuela en mil remolinos tratando de llegar hasta el fondo de no se que resquicio, llenando en pocos minutos patios, macetas y tarros olvidados.
Parada en silencio como un árbol solo en medio de la tormenta, azotada por la lluvia sin temer a nada, dejo que esta furia de los elementos se haga una conmigo y con la tormenta que tengo en el alma: tal vez pueda llevársela (o vencerla) y refrescarme (o rescatarme).
Mientras los árboles doblan sus ramas hasta el suelo y huyen los pájaros y los perros, yo estoy parada en silencio, sintiendo que podría gritar. ¡Tanto!, que si escapara de mi pecho la tormenta, nada quedaría de este espacio infinito que nos separa, de este intento desquiciado de alejarme y olvidarte otra vez sabiendo que me arrepentiré mañana, que otra vez no tendré fuerzas para guardar silencio, para desaparecer, para no decirte, para guardarme lo que pienso en el instante mismo en que aparece sin pensar en el efecto, en las consecuencias de mis palabras, de mis sentimientos.
Aquí, en la oscuridad completa de esta tormenta, desnuda mi alma frente al mundo, mi TE AMO es más grande que todo; y la fuerza de lo que hoy siento por vos doblegaría hasta este mismísimo viento descarado, que se atreve a todo con tal de doblegar los objetos. Sin embargo callo. Es afuera que la tormenta grita por mi alma y este amor que me aprieta el pecho, que se que vivirá aun mas allá de hoy y de este nuevo silencio que le impongo con mi adiós.
La calma llega de nuevo: el sol resplandeciente de enero hecha por tierra las ilusiones de frescura que dibujaron en mi piel tantas ráfagas de viento, una vez más todo es silencio. La siesta se instala como si nada hubiera pasado.
Mi tormenta también pasó, la única señal del paso de ambas es que todo está mojado, revuelto, de cabeza, aquí adentro y allá afuera, y en esta nueva calma, solo persiste en mí la furia de ser conciente que de ésta, nuestra tormenta, nadie sabe. Aunque se te nublen los ojos y la respiración se corte en tu pecho, aunque parezca el último cada latido de mi corazón de solo imaginarme el resto de la vida sin vos en mi retina, sin mis palabras en tu pantalla, sin las tuyas en mi espacio, sin todo esto que corre entre nosotros que me da tanta vida y tanta alegría, y a la vez es tan confuso, tan prohibido, tan imposible de cambiar.
La tarde recién lavada, llena de restos irreconocibles de lo que alguna vez fue algo, me revela la certeza de una nueva agonía: Podríamos morir en este silencio y nadie sabría de tu amor ni de mi pena.
Nadie adivinaría el por qué de tus tantas noches sin sueño, o cargadas de sueños que no podes contar, el por qué de mi soledad tan porfiada, o de este cerco infranqueable que se alzó en mi alma la mañana en que apareciste de la nada para mí, y tu voz alegro mis oídos después de tanto olvido y tanta ausencia, de tantas búsquedas y tantos años, los dos perdidos en el tiempo y el espacio.
Nadie sabría de mis noches en vela llenándote el mundo de palabras que hasta hoy nunca leíste, porque no estabas o porque antes no me atreví a dártelas, de las horas que paso ordenando las miles de palabras que ya te he dicho, que alguna vez pasaron por tus ojos y ya no recuerdas… Todo con el mismo dolor, la misma pasión, el mismo delirio. Como si recién estuvieran naciendo de lo más hondo de mi corazón y mi pena fuera la misma, como si hicieran falta más palabras, porque todas las ya dichas no alcanzan para explicar la locura de este amor. Nadie sabría de las horas que paso recorriéndolas igual que vos cuando te llegan, y estas con ellas como estuviéramos juntos. Como si al tocarlas pudiéramos sentir en el cuerpo, mientras te dibujo en los mil colores de un poema y me lees en silencio, todas las caricias, todos los anhelos, que nos ahogan desde este lado del silencio, donde esta lejanía tirana cada día se vuelve más macabra.
Nadie sabría lo cerca que llegamos a estar a veces, tan pegados como antes, mas reales que en cualquier sueño. ¡Siendo sin embargo tan ajenos! Ninguna tormenta pudo todavía cambiar eso…

Susana Buisson.( Enero de 2008, ER)

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